Donald Trump ha tenido serias dificultades para explicar el objetivo o los motivos del ataque a Irán, por muy odioso que sea un régimen (este, o cualquiera) capaz de asesinar a varios miles de personas por airear sus ideas políticas. Mucho menos ha sido capaz la Casa Blanca, una vez confirmada una aplastante superioridad militar con la que Teherán ya contaba, de explicar cuál era la segunda etapa del plan. La aparente ligereza con la que se ha decidido y planificado la guerra deja no solo a EE UU, sino al mundo entero en un callejón sin salida: Irán no tiene capacidad de bloquear militarmente el estrecho de Ormuz, pero sí para amenazar a cada barco que lo transita. Mientras así sea, tiene una ventaja estratégica.
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