El estrecho de Ormuz no es un telón ni una barrera que se abre y cierra con facilidad. Este estratégico enclave, epicentro de la crisis energética que acecha al mundo, se asemeja más a un tubo de pasta de dientes. El tráfico se paralizó de forma fulminante cuando se conoció el ataque de EE UU e Israel sobre Irán, cuando navieras y aseguradoras vieron el peligro antes incluso de las represalias iraníes sobre buques o instalaciones energéticas. Su reapertura, sin embargo, va a ser mucho más lenta y complicada, aun cuando se cumplan las previsiones más optimistas. Si la guerra en Oriente Próximo acabara hoy mismo, el mundo tardará meses en recuperar una mínima normalidad en el suministro petrolífero.
El mercado del petróleo tardará entre tres y cinco meses en recuperar la normalidad tras un eventual alto el fuego
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